POR: DARWIN CASTELLANOS ROMERO
Hay una violencia silenciosa en la promesa que no se cumple. No es la violencia del estruendo ni la de las armas, sino la de la expectativa pisoteada. Durante años nos vendieron la idea de que el “cambio” era una cuestión de voluntad estética: que bastaba con pronunciar las palabras correctas, modular la voz con tono profesoral y señalar con el dedo acusador los vicios del pasado para que, por arte de magia, la realidad nacional se transformara. Pero la realidad, esa terca señora que no lee discursos en Twitter ni se conmueve con la prosa de balcón, acaba de pasar factura. Y el cobro es astronómico.
Un demoledor informe de la Contraloría General de la República ha venido a ponerle cifras al desencanto: Colombia arrastra un inventario de 1.970 “elefantes blancos”, obras inconclusas o proyectos en estado crítico, que suman la escandalosa cifra de 67 billones de pesos. De ese total, más de 54 billones siguen flotando en el limbo de la inoperancia. Sí, es cierto que el inventario del abandono no nació ayer; el país lleva décadas acumulando esqueletos de cemento y varillas oxidadas. Pero la tragedia de este gobierno no es solo la herencia recibida; es la monumental distancia entre lo que se prometió refundar y la precaria herencia que hoy se entrega.
Al final, resulta que el cambio no era más que una monumental maqueta de cartón piedra.
Miremos, por ejemplo, el terreno de la educación, esa bandera que el oficialismo ondeó como el motor de la equidad. En Soledad, Atlántico, el ministro de Educación, Daniel Rojas, se apresuró a montar un espectáculo para poner la “primera piedra” de la sede de la Universidad del Atlántico. Mucho aplauso, mucha foto para las redes oficiales y una inversión de 47.000 millones de pesos. ¿El resultado real meses después? Un lote baldío, un par de máquinas estacionadas para justificar el ruido y un avance físico que apenas roza el 8%. Pusieron la primera piedra, sí, pero se les olvidó poner las siguientes. El mismo libreto de la vieja política que tanto decían aborrecer, pero con un filtro de superioridad moral.
Y en Bogotá, la historia se repite con un cinismo que raya en el descaro. El pomposo Multicampus Universitario de Suba ya abrió convocatorias y ofertó más de 300 cupos académicos sin tener un solo ladrillo pegado sobre el otro. Quieren dar clases en contenedores y estructuras modulares bajo un comodato temporal, mientras la estructuración real y definitiva del proyecto se posterga. Nos prometieron templos del saber y nos están entregando campamentos provisionales de los que, sospechamos, se quedarán allí por los próximos veinte años.
Pero el verdadero monumento a la desconexión gubernamental ocurre en el sector salud, específicamente en el fetiche personal del presidente: el Hospital San Juan de Dios. Obsesionado con revivir este ícono histórico, el Gobierno no ha escatimado en peleas políticas para imponer su visión. Hasta la fecha, el avance de las obras es un chiste de mal gusto: la Torre Central apenas tiene diseños y el Instituto Materno Infantil sigue a medio camino. Sin embargo, en un giro de audacia burocrática digno de realismo mágico, el Ministerio de Salud decidió expedir el Decreto 0685 para poder contratar a 1.686 empleados —con un costo de 200.000 millones de pesos anuales— en una infraestructura que hoy no puede atender a un solo paciente porque sigue en ruinas. Van a pagar nóminas millonarias de médicos y administrativos para que atiendan el aire, el polvo y los escombros de un hospital fantasma.
Luis Carlos Rúa, ese incansable veedor de las obras inconclusas, lo resumió con una lucidez implacable: “Los elefantes blancos no son una coincidencia, son un modelo de negocio”. Y es ahí donde duele. El negocio de las prórrogas, de los otrosíes, de la adición presupuestal eterna sigue intacto. Cambiaron las caras en el poder, cambiaron los eslóganes y se renovó la narrativa poética, pero la maquinaria que devora los recursos públicos y los convierte en ruinas inconclusas opera con la misma aceitada precisión de siempre.
Gobernar no es poetizar la miseria ni inaugurar lotes vacíos con discursos de barricada. Gobernar es pegar el ladrillo, vigilar al contratista, asegurar el flujo de caja y entregarle a la gente la escuela, el hospital o la carretera que necesita para no seguir atrapada en el atraso. Al final de la jornada, cuando se apaguen los micrófonos y se desmonten las tarimas, lo único que quedará de este periodo no serán las bellas metáforas de cambio, sino el gris concreto de los elefantes blancos que hoy custodian nuestra frustración.